PRIMERA A

EDU VILLALVA, OTRO CHICO QUE SALVÓ EL FUTBOL

El “10” de San Lorenzo es una de las figuras de su equipo y de la Selección Argentina. Lo miran todos, por su juego vistoso: tira amagues originales. Se crió solo y se encontró con el fútbol. Es el pase más caro de la historia del futsal argentino: su fichaje –de Pinocho a Boedo– rondó el medio millón de pesos, parte en efectivo y parte en materiales para la construcción de una obra en el club de Villa Urquiza.

Edu Villalva acaba de entrar al vestuario y se está poniendo los aritos, uno por uno: el de la oreja, brillante, los dos piercings arriba del labio superior, pegados, el de la nariz, y el de la otra oreja. También saca las Air Max Nike blancas de su mochila, se las pone. Y ese es el momento en el que empieza a sonreír. Ganó San Lorenzo, pero en los festejos del equipo Edu nunca está: se queda sacándose fotos con todos, dando notas aunque le dan vergüenza las cámaras y mira el piso. En las fotos pone la boca cerrada, cocida, como si fuera, nomás, una cicatriz del barrio. O como si posara para un fotógrafo. Pero cuando encuentra un abrazo –porque cuesta encontrarlo– la cara se le ablanda.

Y se va.

Su mamá, que vive en otro monoblock a unos metros, lo espera con comida casera.

–¿Vos ayudás en tu casa?

–A mi mamá. Me gustaría tener una vida cómoda para ayudar a los que me dieron todo. A mi mamá: ella se preocupaba porque no falte la comida en casa. Y no para mí, sino para mis hermanos. Llegar y que esté ella cocinándome es lo mejor que me puede pasar. No sabés cómo cocina… Comer con ella, ver a Rulito, mi sobrinito, que le digo Rulito… es el que cuida mi mamá porque mi hermana trabaja. Cada vez que voy a comer ahí, me saco una foto con él, y la subo. Me hace bien estar con él porque me hace causar gracia: quiere hablar… pero como es tan bebé no le sale nada, se vive riendo. Además porque me crié solo.

–¿Por eso no sonreís?

Silencio.

Villalva sale desesperado de Boedo y ya está sentado en la mesa. Igual que cuando era chiquito y veía una pelota. Cuando volvía de la escuela, a las cinco de la tarde, se quedaba jugando en el Barrio Loyola, en la canchita de barro. La mamá tenía que salir a buscarlo a las once de la noche porque si no, ni volvía. Iba a patear tiros libres solo: pateaba para el arco, para arriba, para el costado, y la iba a buscar. También se quedaba solo con la pelota: bailando en una baldosa.

–Pero solo, eh. Era un loquito.

¿Querés charlar?

–Sí, obvio. Estoy al pedo. Me tengo que cortar el pelo: cortito abajo y arriba me dejo largo. Un degradé. A los demás también les tengo que cortar, el otro día le corté al gordo Kucky, el utilero. ¿Te acordás que yo era el peluquero del grupo? Hasta hice un curso. Era así: yo cortaba y los demás, no sé por qué, me pagaban. Era como un trabajo. Yo no se lo quería aceptar, pero en un punto me servía.

Edu cortaba el pelo, y se dejaba: iba teñido con el mechón rubio a jugar al barrio, por plata o por la Coca. Y luego a La Socie de Munro. Se tomaba el 140, para el otro lado de la casa; bajaba y caminaba unas seis cuadras. Subía al 161 y caminaba otras más, para ponerse la celeste y blanca en el Parque Sarmiento. El técnico lo ponía, Edu metía tres goles y salía. Al mismo tiempo, trabajaba en una casa de comidas: manejaba el horno, cocinaba pizzas, empanadas, canastas. Y comía un montón. Después, pasó por una metalúrgica, por un laboratorio, por varios lados. Hasta que un amigo le exigió que tenía que dejar rivales desparramados.

–Y…fue duro. En el barrio que vivo yo –Villa Martelli– no soy el único que se maneja solo desde chiquito. Es un barrio donde el día a día es duro, es muy jodido. Hay mucha pobreza, también gente mala. Pero no sé: al ser tan vicio de la pelota, me acostumbré a manejarme solo. En el club, en cancha de once. Yo, por ejemplo, cuando iba a la cancha de chiquito, veía a mis compañeros con los padres y yo tenía que ir solo. Cuando jugábamos de visitantes, teníamos que ir en micro. Y ahí estaban mis compañeros con los padres y yo tenía que viajar solo… ir a cualquier lado: jugar, y después volver solo. Esas cosas parecen que no, pero son medio duras.

–¿Y qué aprendiste?

–La educación que me dieron mis viejos me sirvió bastante: siempre fui respetuoso con todos. Por eso hay mucha gente que me quiere. Me explicaron que con el respeto y la humildad se llega lejos, así que en ese lado estoy tranquilo. Aprendí a cuidarme solo, a valorar a mi familia cuando la tengo cerca. Capaz que otros chicos están más acostumbrados a estar con los padres; son nenes de mamá, ¿no? Esos chicos que están siempre pegados y no se pueden despegar. Yo con 23 años entendí que fue duro, pero necesario. Porque te independizás. Ahora les queda disfrutar a ellos. Ahora me pueden venir a ver todos y es muy especial. Estoy viviendo solo, pero los tengo cerca, voy todos los días a visitarlos.

–El otro día volviste a La Socie.

–Y… la verdad que tenía unas ganas de meterme a jugar, pero bueno, no se puede. Vi a mis amigos, que los conozco hace seis, siete años. Son mis amigos de verdad: cada vez que tenía problemas familiares, estaban. No es solo adentro de la cancha. Era buenísimo compartir cancha, y quiero hacerlo de nuevo. Para no quedarme parado y aburrido, aparte en vacaciones ya nadie me puede joder. Vamos a armar partiditos con los pibes. Y hoy ver cómo ellos me vienen a alentar a mí es lindo. Me divertí cuando fui. Pero tenía ganas de jugar, te soy sincero.

–¿Siempre la pisaste, la mostraste?

–Me gusta a veces. Más a los que me pegan, para hacerlos enojar. Juego así, no es que se lo hago a todos los jugadores. Es mi manera. Porque en el barrio cuando jugábamos por plata o por una Coca, jugaba igual, eh. No lo hago para sobrar tampoco. Cuando me pegan de mala leche, trato de hacerlos enojar de esa manera. Y es la mejor. Antes tiraba más magias, pero capaz que me pegaban más. Aparte las canchas eran más chiquitas, era todo el tiempo pelotazos. Allá no era a reloj parado, era corrido. Me daba el aire. Pero no entendía nada de tácticas: estaba en bolas. Aprendí mucho… me gusta aprender. Quiero seguir creciendo para ver si llego al nivel de los de afuera, quiero competir y acostumbrarme a ese nivel. Sí: le tiré la bicicleta a Falcao, je. Fue en el primer torneo con la selección, en mi primer viaje. Cuando apenas lo vi lo fui a molestar para pedirle una foto. Y cuando lo crucé en la cancha fue increíble… yo de chiquito lo veía por internet. Se lo merecía, ¡con todas las cosas que les hace a los demás! Nah, con respeto igual. Vi que venía a marcarme y que atrás había mucho espacio. Cuando me tiró el gancho en la línea me salió hacer eso, porque el pie a pie no me salía en ese momento. Fue el único recurso y por suerte salió. Si no, me hubiesen chiflado hasta hoy. Son recursos bien de cagón, porque no sabés para dónde salir y buscás algún huequito. Hay veces que no saben para dónde voy a ir porque estoy pensando, buscando algún lugar hacia donde pueda escaparme.

Son las diez de la noche de un día de junio. San Lorenzo se entrena, Edu la pide siempre. Juegan un quemado y gana, por la velocidad. Hace un rato estaba molesto por tener que ir al gimnasio: quería jugar. Ahora mira para atrás para ver si hay alguien, habla bajito: se escurre como en la cancha. Pero a la hora de sentarse a charlar, no escapa de la realidad: habla, habla, habla.

¿Querías charlar?

–Sí… Hablar de fútbol y de mi vieja me hace muy pero muy bien.

Son las nueve de la noche de un día de mayo. Villalva no luce ni la 10 ni su número favorito, pero tiene los colores: lleva la 7. Hace cinco minutos que juega: se saca a tres de encima, amaga el tiro, dispara, erra. Argentina golea a Bolivia, pero Giustozzi está a los gritos. Edu también, por dentro: quiere su gol. Ahora tiene que salir de la cancha. No queda tiempo. Los suplentes, a punto de ingresar, esperan con las pecheras para entregar en la mano. Villalva se hace el desentendido, ni se da vuelta. Se acomoda para atacar, para defender, para seguir con la pelota.

–¿Diego te habló en el entrenamiento?

–Sí: me preguntó si me pasaba algo. Me veía medio bajoneado, medio triste. Pero no. Acá no me pasa nada.

–¿Qué es el fútbol para vos?

–Es todo –dice, y mira fijo–. En mi lista, primero pongo a mi mamá. Y después al fútbol.

 

Por Matías Fernández Burzaco

Fotos: Cristian Suriano

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